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Breve y variado; conectado e implicado.

El retorno al diálogo

Por: Silvestre Angoa

julio 24, 2022

El cuerpo humano está diseñado para que pueda vivir en sociedad. Su cerebro permite la interacción y con ello, la emergencia del lenguaje. El lenguaje se construye a través de las relaciones entre todos los miembros de una comunidad, cuando actúan sobre su entorno, para asegurar la subsistencia colectiva. El humano sobrevive agrupado y el lenguaje es el instrumento imprescindible para la coordinación de sus acciones.

Para sobrevivir, el humano interactúa con  sus congéneres actualizando su lenguaje, en un proceso de interminable comunicación. La comunicación es inherente al lenguaje y a la interacción. La interacción masiva de los humanos, obrando sobre su entorno, da lugar a la construcción de la existencia social. El humano se construye colectivamente, hablando y actuando; lo cual convierte a  la comunicación en el mecanismo de la autoconstrucción del mundo humano, de la sociedad, como sistema complejo. El entendimiento mutilado de la comunicación como simple intercambio de información, impide ver que, cuando los humanos se comunican, se están construyendo como personas y como colectivo, a la par que construyen su mundo material.

En su devenir, pocos humanos son capaces de entender lo anterior; la mayoría posee una cosmovisión fragmentaria: las grandes o pequeñas poblaciones, sus calles, sus fábricas, escuelas, bancos, hospitales, etc. no se comprenden como resultado de la acción de todos. El pensamiento se escinde del lenguaje y las acciones; todo lo que existe es obra de seres prodigiosos, elegidos de los dioses: políticos, militares, científicos, empresarios. Las masas son agrupaciones informes de seres prescindibles, beneficiarios inmerecidos de las aportaciones de los portentosos.

Los medios de comunicación han inventado el alucinante espejismo de una sociedad informada, poseedora de los datos necesarios para tomar sabias decisiones. Las redes sociales se han erigido en el maravilloso venero de la información ilimitada; sin embargo, solo alimenta la visión fragmentaria del mundo, incapaz de ofrecer los elementos idóneos para comprender y actuar. Uno de los mecanismos responsables de la fragmentariedad es la práctica de las emisiones unidireccionales, donde alguien experto, sabio, informa, ilumina a quienes poco o nada saben. Los ignorantes son receptores pasivos, simples consumidores de la mercancía por excelencia de nuestros tiempos. El ciudadano está informado, mas no comprende, pues no participa del maravilloso circuito de la comunicación: el emisor también debe ser receptor y viceversa. A eso se le llama diálogo y ofrece el mecanismo para convertir a las personas en seres conscientes, aptas para construir exitosas decisiones compartidas. Eso es comunicación; lo otro es mistificación.

Es obligado, por lo tanto, devolver a la comunicación, el sentido que debe tener, mediante un diálogo digital donde alguien propone un discurso, en espera de la respuesta de quienes tengan deseo de hacerlo, para así transitar en un intercambio de pensamientos donde su sentido y sus alcances nos muevan hacia un horizonte abierto, sin determinaciones ni cortapisas.

Las preguntas y respuestas parecen obrar la magia de la comunicación. Lamentablemente no es así. Para poner un ejemplo sencillo debe acotarse que en el chacoteo de amigos no ocurre un verdadero diálogo, aunque parezca comunicación. Para ingresar al diálogo es obligado plantear preguntas orientadas a un esfuerzo de construcción compartida de respuestas. Se trata de preguntas trascendentes, vinculadas al bien común, donde las respuestas no emanarán del frio pensamiento de los expertos. Las respuestas resultarán del intercambio fraterno, comprometido, tolerante y respetuoso. Esta es nuestra visión, a grandes rasgos (brevariamente), del diálogo digital.

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